Siempre me he preguntado qué es lo que hace a una fotografía algo diferente
de la imagen de la realidad que capta nuestro ojo y nuestro cerebro interpreta.
Me sigue resultando un enigma qué es lo que convierte una buena foto en
expresión artística, en cualquier caso, en algo irrepetible, y no en mera
descripción o narración de esa realidad. Qué añade la alquimia de los reactivos
a la física de la óptica, y más aún, qué es capaz de aportar la mirada y la mano
más o menos diestra del autor. En condiciones tecnológicas y ambientales
equivalentes, con un encuadre parecido y parámetros lumínicos similares ¿por
qué hay personas dotadas del talento, el oficio y la paciencia necesarios para
transformar lo que el ojo humano puede percibir en algo tan distinto y
grandioso?

Seguramente son preguntas más bien de tipo retórico, y no estoy yo muy
dotada para la poética ni tengo excesiva afición al ejercicio trascendental del
comentario. Pero no siento pudor al afirmar que creo sinceramente en el influjo
inexplicable y mágico del alma del autor. Él ve cosas que yo no, y las ve y
expresa de un modo diferente. Algo que en un pintor sería casi inevitable,
incluso para los prodigiosos pinceles de los hiperrealistas, en el caso de un
fotógrafo pasa a ser algo incomprensible.

Pero la elección del objeto es algo aún más insondable, y respecto de lo que
cualquier intento de análisis y teorización me resulta una impostura y un banal
ejercicio de pedantería. ¿Qué importancia tiene la inclinación personal hacia la
naturaleza, el retrato, la arqueología industrial, el ballet o el boxeo? Lo que
importa en cualquier caso es la impresión y la reacción del observador. Está o
no está, con sinceridad, sin fingimientos; para bien o para mal, para el deleite
estético o el impacto emocional. Más allá incluso de la realidad fotografiada,
trascendiendo al objeto mismo. Eso marca para mí la última diferencia entre la
fotografía de autor y el fotoperiodismo o la fotografía puramente comercial.
Aunque igualmente en estos casos la mirada pueda provocar alguna de
aquellas reacciones cuando, efectivamente, quien la toma y la traslada a
quienes la contemplamos pone algo más que la oportunidad y la habilidad
técnica.

En el caso de mi hermano Ricardo confluyen esas dos premisas, la
singularidad de la mirada y la más inescrutable selección del objeto o del
sujeto, de la realidad fotografiada. Mirar lo que hace es ver de un modo
diferente cuanto nos rodea. Elegirle a él y a su trabajo es compartir a su vez
ese carácter de lo irrepetible y genuino, incorporarse de algún modo a su
acervo creativo. Y lo logra sin artificios ni trucos visuales más o menos insólitos.
Pero algo sabe hacer Ricardo para lograr que su imagen de esa realidad se
convierta en una experiencia emocionante, tierna y delicada; que contemplar
sus imágenes sea siempre experimentar la belleza. Quizá sólo por eso, por la
propia condición de la realidad retratada, y porque él la mira.

Fdo. Carolina Martínez Moreno (Catedrática de Derecho del Trabajo en la
Universidad de Oviedo).